Hoy quisiera tratar un tema que me han pedido desarrollar mis seguidores a través de las redes sociales. Se trata del hecho comprobado de que, cuando visitamos los parques enclavados en la ciudad, notamos una ausencia generalizada de aves.
Hace un par de meses salí al parque cercano a mi vivienda para tratar de hacer algunos avistamientos de pájaros. ¡Cuál fue mi sorpresa! Había un silencio sospechoso, por no decir aterrador. De pronto, me envolvió el miedo; ese miedo que te golpea cuando presientes que algo malo va a suceder. Tomé la cámara fotográfica, los binoculares, mi mesa plegable de trabajo y, en cuanto pude, emprendí camino a casa de manera rápida.
Una vez en mi hogar, empecé a reflexionar, buscando el porqué de este silencio envolvente que había vivido. Las preguntas me asaltaron en varias vías:
¿Será que los individuos han emigrado como les corresponde según la estación del año en la cual se esté? ¿Será que los ejemplares que suelen estar por aquí perciben el agua o la vegetación con algún grado peligroso de contaminación? ¿Y si es que la contaminación producida por los automóviles, las chimeneas de las fábricas y demás negocios han enrarecido el aire, y esto es para estos animalitos de Dios algo de vida o muerte?
Al indagar más sobre este misterio, uno descubre que la ciencia ya le ha puesto nombre a realidades alarmantes. Hoy se habla del «síndrome del parque vacío», un fenómeno donde la vegetación luce verde y sana a simple vista, pero el ecosistema interno ha colapsado en absoluto silencio. A esto se le suma la invisible contaminación acústica y lumínica de nuestras metrópolis; el ruido incesante de los motores aturde a las aves, impidiéndoles comunicarse o cantar para buscar pareja, mientras que las luces artificiales alteran por completo sus ciclos de sueño y migración. Tampoco podemos ignorar la crisis de su alimento: el uso excesivo de pesticidas químicos y la pérdida de plantas nativas en las ciudades están provocando una escasez drástica de los insectos y larvas que ellas necesitan para sobrevivir y alimentar a sus pichones.
En fin, ¿a dónde han ido las aves que, cuando éramos niños, decoraban con sus plumajes y amenizaban nuestros juegos con sus cantos infinitos de libertad?
Seguiremos investigando, tratando de hallar más respuestas y, de forma consecuente, proponer soluciones, si existiera alguna corrección o real solución.
Autor: Moreno Villarroel
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